Inalcanzable

La esperanza es el mañana
que ansiamos poder atrapar.

El mañana nos atrapa la esperanza
sin ansias de llegar.

Anuncios

Despertar

Despertares en la orilla de tu cama.

El lienzo se balancea

en el dintel de tu ventana.

Caricias sobre mi cuerpo.

No sé si es el aire.

O tu alma.

La sirvienta

Desde el primer día que entró a trabajar en casa de Concha no le gustó para nada.

A Concha, viuda de un empleado de banca, le quedó una buena pensión tras la muerte de su esposo, por eso a sus 80 años y sus dos hijos más dedicados a sus trabajos que a su madre, terminó por contratar a una mujer que le arreglara la casa y le preparara la comida.

Menudita, de abundante pelo cano y las marcas de la edad en la piel pasaba el día sentada en su butaca en el salón, tapizado de figuritas de porcelana y una antigua alfombra persa, regalo de su difunto esposo.

Loli empezaba las tareas por la cocina para seguir con el salón. Y cada vez que la veía se le erizaban los vellos. “Tan vieja no sé cómo todavía la tienen aquí. Con esas manchas que no puedo ver. Si pudiera arrancarselas…”

– ¡Concha guapa, la hora del baño, vamos que te voy a dejar como un San Luis!
– Ay qué bien. Qué buenas manos tienes hija. Qué suerte tenerte…

Y Loli, terminaba el aseo de la señora con unos buenos toques de colonia fresca.

– ¡Así, que huela a limpio!

La relación no se podía decir que fuera mala, ni buena, pues algún que otro día se tensaba el ambiente porque para Conchita la comida tenía poca sal, o Loli la cazaba alguna vez con una copita de cazalla a medio llenar – ¡Si es por tu bien Conchita, no puedes beber! – pero nada serio como para no acabar con una amable despedida.

Y casi todas las mañanas, cada vez que pasaba por el salón, la misma cantinela en su interior…“algún día voy a coger el bote de amoníaco y no voy a parar hasta que te haga desaparecer, poquito a poquito, ya verás como sí…”

Un mediodía, preparado ya el almuerzo – ¡Hoy puré, Conchita, cariño!- se lo acercó como siempre en una bandeja al salón, mientras Concha veía La Ruleta de la Fortuna, su programa favorito. Al acercarse el plato, la pobre mujer tuvo la mala suerte de que se le resbalara y (maldito Murphy) no quedara ni una gota en el recipiente.

– ¡¡Mi alfombra!! ¡¡No!!, no la toques, ya la llevaremos a la tintorería…

¿La llevaremos? NO. Ahora sí que ya no hay excusas, aprovecho la ocasión ahora o …

Y retorciendo un trapo de forma compulsiva…

“La pobre, parece que se ha quedado dormida…Ella no tenía culpa”.

Cerró la puerta de la habitación y se alisó el delantal. Los tendones de las manos todavía le dolían de apretar. Pero al fin mereció la pena.

En la radio a todo volumen cantaba Joselito.

– A la tintorería quería llevarla. Ya sabía yo que frotando arrancaba yo esa mancha de la odiosa alfombra.

Y con un gesto de alivio suspiró, ¡por fin!

Espejismo

Allí está. Desde mis primeros recuerdos.

Desde que me levanto de la cama: voy al lavabo, ahuyento con agua fría los ecos del último sueño, y allí está.

Me giro a coger las llaves antes de salir con prisas…Lo veo frente a mí.

Me tomo un café, junto a la ventana, miro a la calle y allí está otra vez.

Me persigue.

Sé que me acompaña porque el otro día lo vi, andando junto a mí.

Y no lo consigo esquivar, y por mucho que quisiera soy consciente que a veces es inevitable.

Aunque sé que hay una manera de conseguir que se difumine: en el agua…
Veo cómo se deforma y llega a convertirse en un mancha ondulante.

Es mi reflejo.

Me saluda desde el espejo del baño, se despide junto a la puerta, lo veo en el cristal de la ventana, cuando paso junto a un escaparate… puede que a veces me agrade verme, otras no, depende del día, pero me recuerda sin palabras que sigo aquí, un día más.

Las cuatro hermanas (Cuento alegórico infantil)

-¡Esperadme que llego! – y corriendo adelantó a su hermana – ¡Uu qué frío! ¡Qué ganas de ver ya los campos en flor y escuchar el canto de los pájaros!.. ¡Ey mirad, una mariquita! Jeje qué simpática, cuenta mis dedos y cuando llega a mi meñique abre sus alas y se lleva mis deseos…¡Adiós amiga! Y la próxima vez que pase por aquí debes de haber cumplido lo que me has prometido.
Y, ¡mirad! Qué de flores… ¡y qué de pájaritos nuevos en los árboles! Me encanta este lugar…
– Anda vamos, que no podemos parar, ¿qué ocurriría entonces? Otros paisajes nos están esperando. – Decía la hermana de rubios cabellos, colocándose ahora la primera.
Caminaba con pasos plomizos, como si le pesara el aire que la rodeaba, sin embargo su cara reflejaba alegría, ganas de disfrutar las horas que le regalaba el día.
Por donde pasaba la recibían con fiestas de bienvenida.

– Pues sí que hace calor, uff – dijo la hermana más blanquita de todas -, tengo los mofletes rojitos ya.

No le faltaba razón.

Estaban terminando de cruzar un mar dorado de espigas cuando a la tercera hermana se le cayeron dos o tres castañas que sacó de los bolsillos. Suspiraba con aire melancólico, transmitía un sentimiento más nostálgico que las demás, aún así era bellísima si la mirabas bien, con su cabello cobrizo y sus pupilas color del oro viejo.

– ¡Cómo eres hermana! ¡Todo lo que tus manos tocan terminan por caer!

La del cabello cobre, sin detenerse y sin mirar hacia atrás a sus hermanas, no evitó un amago de sonrisa tras el comentario. Por cierto, si sonriera más enamoraría al último ser de la Tierra, pues resaltaba sus pequitas.

– ¡Venga chicas! ¡Aprisa! ¡Mirad allá! Ya se ven las cumbres tocadas por las primeras nieves.. ¡Por fin!

¿Quién creéis que estaba tan ansiosa por adelantar a sus hermanas? La más blanquita, por supuesto.

– ¡¡Ooh nooo!! -Relataron las tres a coro-.
– ¡A nadie le gusta el frío, hermana! Y oscurece muy tempraano… -refunfuñó Cabellos dorados-. Aunque hay que reconocer que al calor de la hoguera y con un tazón de chocolate calentito entre las manos a todos nos conforta, recordando cada estación por donde hemos pasado en nuestro eterno viaje mientras esperamos a que se vaya este frío.

– ¡¡¡Sííí chocolaatee!!! – gritaron entre risas las cuatro hermanas-.

FIN

No fue un domingo cualquiera

– ¿No crees que deberías aminorar?

Esa noche se sentían jóvenes. Al darle un golpecito cómplice en el hombro, Betty se fijó en la mancha roja todavía fresca a la altura del primer botón de la camisa de Frank. Se la intentó limpiar con el dedo índice.

Nunca creyeron que fuera tan fácil, ni tan rápido. Ni creyeron que algún día llegaría el momento; eso no era para ellos.

‹‹Empujaron la puerta y entraron algo indecisos. Sin prestar atención a su alrededor localizaron su objetivo y allí se dirigieron.

A la chica la tenían a medio metro, los dos paralizados como si no supieran a qué habían venido. O no se decidieran al fin.

-¿Qué quieren? – Les preguntó.

Él alzó la mirada, su cara semejaba el retrato de un santo en éxtasis, y la boca entreabierta musitando algo para sí mismo. Comenzó a levantar su brazo lentamente. Ella, un paso más atrás, con la mano sobre la mejilla, miraba a su alrededor como el que intenta evitar una cara conocida.

La chica, cuyos ojos saltaban del uno a la otra, volvió a preguntar qué era lo que querían.

Hasta que por fin se decidieron››.

Ya en casa, Frank se tiró en el sofá, relajado, cogió el mando de la televisión para ver el resumen de los partidos de esa jornada, como cualquier otro domingo.

Betty se le acercó por detrás, y con dos dedos haciendo pinza, preguntó:

-¿Y ahora qué hacemos con esto?

– Tíralo.

Levantó la tapa del cubo de la basura y lo tiró sin más. Después de ésta noche seguro q no sería la última vez; pensó en sus nietos, o en la hija de Stacy, su vecina.

– ¿Sabes, Betty? No me ha desagradado tanto. ¿Cómo puede ser que hubiéramos esperado tanto tiempo?¿Que no lo hubiéramos probado antes? Ni que comer comida rápida fuera un crimen…

Y en el cubo de la basura, el arma del delito: el juguete regalo del “burguer menú infantil”, pues finalmente fue lo que les resultó más fácil de pedir.

Garabata y el Palacio de Cristal

El majestuso palacio de cristal del Conde coronaba la villa. Era casi mágico, pues a medida que el sol surcaba el cielo cambiaba de color; naranja al amanecer, como el oro a mediodía y violeta cuando el astro desaparecía.

Entre sus pocos habitantes resultaba extraño que en la comarca no se encontrara ningún artesano. El único artesano, si así le podían considerar, era el hijo del vidriero, quien apenas si podía fabricar con modesta destreza una simple jarra para servir el agua.

Tenía unos dedos tan gruesos que no le permitían labrar con delicadeza aquellas joyas de vidrio que, en la época, tan preciadas y solicitadas eran para lucir en el hogar o en el cuello de las señoras.

Una mañana recibió orden del conde de la villa: en dos días debería entregar a su señor una miniatura en vidrio del palacio o ya podría buscar una mula para escapar.

-¡Ay padre si estuvieras aquí! Que es el mismo conde quien me ordena fabricarle una réplica en vidrio de su palacio. Pero, ¿cómo lo haré con manos tan patosas? ¡Con estos dedos tan gruesos que troncos parecen!

Los días pasaban y no conseguía darle forma al vidrio, y si lo hacía sus rudas manos lo quebraban. Soplaba, moldeaba y, por una u otra causa, volvía a romper. Y vuelta otra vez.

Cansado, dejó el vidrio informe en un rincón y entró en el viejo despacho.

Buscando entre los estantes algún manual de los que escribiera su padre sobre el arte del crisol, detrás de un grueso libro encontró una botella con una figura dentro. Al acercarla a la luz se maravilló de ver que era ¡una pequeña criatura!

– Nunca vi a nadie como tú. ¿Quién eres, pequeña?¿Cómo te llamas?

La criatura sonrió pero no contestó.

– Pues como fruto de mi imaginación pareces ser te llamaré… Garabata.

Y volvió al horno a seguir con su labor, cantando, pues dicen que así se alejan los temores.

Tras dos o tres romanzas algo desafinadas, notando una extraña presencia a su espalda, giró con la misma rapidez con que se abrían sus ojos. La masa informe ya olvidada en el rincón era ahora un bello cisne, casi parecía estar vivo, presentaba hasta el más mínimo detalle. Y a su lado, brillante como el fuego, Garabata.

-¡Me has dado la solución!¡Perdóname si desafino pero si es así como liberaré tu magia…(y aclarándose la voz…) ¡A qué esperar!

Y tras canciones, sopletes, pinzas y florituras de Garabata, sobre la palma del muchacho la maravilla hecha cristal.

Dondequiera que mirara, el salón del conde era un museo de castillos, barcos, animales; pequeñas joyas transparentes.

-Mi aprobación por tan bella obra. Pero dime la verdad, no lo hiciste solo.

El joven, humilde y sincero, le enseñó la criatura.

-¡Ja! ¡Soldados!¡Expulsadlo! Y tú pequeña, vivirás en este palacio que ordené hacer para ti.

Tras días pensando el joven en cómo rescatar a su mágica amiga, con valentía acudió de nuevo a palacio.

– ¡Claro que contigo puede marchar! Aquí tienes la llave. Sólo la puerta debes abrir, de esta belleza que labraste para mí.

Mas le era imposible agarrar la llave, cada vez que lo intentaba se le escapaba de entre sus dedos. Y como un rayo de luz que atravesara las nubes tras una tormenta, se iluminaron sus ojos y comenzó a cantar:

De mi vida, la buena estrella

Vive y sueña en una botella,

Garab…

Y se cubrió el rostro, pues antes de que acabara la canción un brillo de cien soles cegó a los presentes, y la cárcel de Garabata estalló en mil gotas de cristal. ¡Mil no, cien mil! Porque del resto de joyas expuestas salieron otros cien mil garabatos.

Y una nube de estos seres, que reflejaba todas las gamas de colores imaginables, comenzó a girar sobre sí misma con tanta fuerza que el palacio se derrumbaría como si fuera de arena…

Así fue como el soberbio conde terminó errando por los pueblos pidiendo compasión por un pobre cieguito.

Y así fue como el hijo del vidriero (procurando no desafinar demasiado) comenzó su camino hasta llegar a ser el Vidriero Real.

P.D.: Una tarde de senderismo por la ribera de un río, tratando de no pisar las pequeñas ranitas de la orilla, encontré una botella y en su interior un gastado papel que recogía la historia (¿real o fantasía?) que acabamos de leer. Cierto es que la hermosísima botella tenía grabada en relieve una corona, lo que a mí parecer era un sello Real, y las iniciales V.R. y G. (¿La firma de nuestros protagonistas?)… Tan bella blogtella merece ser compartida, ¿y a ti?…¿Te gustaría recogerla?

#reto-literario, #blog-t-ella